Lunes, 29 Agosto 2016 16:54

Encuentro con Libera Internazionale

Escrito por 

Por: Chico Bauti

Juan Camilo es un hombre fuerte, diez años menor que yo, con los ojos claros y la voz grave, generoso, sonriente y de humor agudo. Así se presentó en la estación de trenes de Florencia y después de invitarme un café en a Librería Feltrinelli, me condujo por la carretera hasta Cecina al encuentro de jóvenes de Libera Italia.

Nuestros apellidos están ligados debido a una historia común en nuestras vidas, la herencia que nos dejaron nuestras madres, guerrilleras asesinadas por miembros de la misma Brigada de Inteligencia y Contrainteligencia del Ejército Colombiano.

Desde el año 1990, los nombres de estas dos mujeres aparecen juntos en la declaración ante la procuraduría de Bernardo Alfonso Garzón Garzón, ex-agente de inteligencia adcrito a la Brigada XIII. Veintiseis años han pasado desde entonces. Yo he estado en Europa tres veces en condición de exiliado desde 1997, regresé a Colombia en dos ocasiones y ahora vivo en Hamburgo Alemania desde julio de 2013 gracias a una beca del PEN-Zentrum en un programa para escritores en el exilio. Juan Camilo salió del país por la misma época y desde hace veinte años no ha regresado al país. Él porta un documento de identidad que reconoce su condición con la palabra "asilo".

Nuestra conversación nos llevaba por lugares comunes, experiencias similares, el diálogo se matizaba como monólogo por instantes con dos voces que se identificaron y se hacían eco. Esta condición dolorosa y traumática que marcó nuestras vidas no nos derrotó. Sí nos volvió añicos el alma y nos laceró el corazón, pero nos hizo fuertes. Y aquí seguimos de pie.

Celebramos mi cumpleaños con un aguardiente antioqueño y al ritmo de una conversación tranquila y profunda emergieron los recuerdos, las vivencias, los dolores, las alegrías, los temores, las rabias, los sueños, las frustraciones, las heridas que con orgullo nos mostramos y exhibimos.

La razón por la que estabamos reunidos era el quinto encuentro de jóvenes de Libera, contra la mafia, los H.I.J.O.S en Colombia, movimiento del que soy parte, me delegaron para transmitir la experiencia en Colombia de la lucha contra la impunidad y contar mi trayectoria como hijo de una mujer desaparecida y a su vez narrar como hemos transformado el dolor y la injusticia en expresiones artísticas y en solidaridad. Juan Camilo sería mi intérprete.

Durante la sesión programada para la mañana sobre el tema de Memoria, estábamos en el panel la Vicepresidenta de Libera hija de un político asesinado, la hija de un obrero asesinado por la mafia, el juez que reemplazo al asesinado Juez Marconi en el sur de Italia y yo como invitado internacional en representación de H.I.J.O.S; con el objetivo de promover la RED ALAS - Latinoamerica entre los jóvenes presentes en el encuentro. Después de mi presentación dos chicos preguntaron sobre la vida de mi madre y sobre la forma en que nos enteramos que había sucedido con ella.

Ante la situación empezó en mi cabeza una música de tambores y mi corazón replicaba aceleradamente. Empecé mi relato diciendo que Nydia era un espíritu fuerte, describí su vida y su muerte. Así llegué al punto que unía nuestras historias, el relato del ex-agente que contó donde estaban los restos de Nydia, el mismo que contó la desaparición de Amparo Tordecilla. Como no lo habíamos acordado, no me sentí autorizado a decir que quien era mi intérprete, era el hijo de Amparo. Mientras el hablaba en italiano, en mi cabeza danzaron los horrores cometidos por los agentes adscritos a la Brigada XIII, Batallón Charry Solano comandado por el célebre Coronel Álvaro Velandia Hurtado.

En mi mente se formó lentamente una escena que Juan Camilo me contó, en donde se había encontrado en el consulado colombiano en Roma con un militar designado por el gobierno de Álvaro Uribe para esa ciudad. La frase con la que fue recibido fue: Le presento al hijo de Amparo Tordecilla! Juan Camilo extendió su mano y dijo mucho gusto conocerlo. El militar le respondió: "una mujer muy fuerte, no dijo nada". Se refería a las sesiones de tortura que antecedieron a su muerte. Recordé como un flash el día de la destitución de Álvaro Velandia, cuando salimos de la oficina de la Asociación de Familiares de Detenidos - Desaparecidos ASFADDES ubicada en el centro sobre la Avenida Jiménez.

De manera expontánea decidimos ir a un restaurante popular a almorzar juntos con algunos familiares y acompañados por las Brigradas Internacionales de paz -PBI. Al lugar llegó con sus escoltas el agresor vestido de civil con traje gris rata. Fue una clara provocación, quiso tenernos de frente y confrontarnos, el condecorado militar como mejor oficial del país, quien había sido destituido de su rango y cargo por primera vez en la historia de Colombia por una violación de derechos humanos. Estaba allí retándonos y yo salí del sitio con el pecho apunto de reventar e hiperexaltado, el asesino de mi madre quería encontrarme y lo hizo cobardemente sin avisar. Despúes llegaron las amenezas, persecusiones, hostigamientos y un intento de desaparición forzada por el que tuve que dejar el país por varios años. El exilio es uno de los precios que hemos tenido que pagar por exigir justicia. Esa salida se prolongó por 8 años de largo destierro hasta que regresé una vez más a Colombia para quedarme. El regreso al sur fue descubrirme en los brazos y en las miradas de los que nunca han partido.

Al llegar descubrí la Amazonía y las comunidades indígenas de la selva, las comunidades de los 4 pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta y de ahí en adelante otros pueblos sobrevivientes al exterminio, más de cien comunidades de las cuales 35 se encuentran en peligro de extinsión. También fue reencontrame con los familiares de los desaparecidos en sus múltiples formas organizativas y las que seguían persistiendo en encontrar a sus seres queridos vivos, como se los habían llevado. En esos encuentros descubrí a las hijas y los hijos que se reunían y hacían una propuesta conjunta para enfrentarse al silencio oficial y al olvido colectivo frente a crímenes de lesa humanidad, a las violaciones sistemáticas a los derechos humanos y a los crímenes de Estado. Con ellos descubrí un lugar propio en lo común, en lo colectivo, una identidad social que me ha sido negada con el exilio. Con el movimiento logramos denunciar a los políticos financiados por y con vínculos con el paramilitarismo. Marchamos junto al Movimiento Social y de Derechos Humanos por Verdad, Justicia y Reparación. Participamos de la discusión de la Necesidad de la Memoria como recurso imprescindible para reivindicar la dignidad de las víctimas. Recopilamos testimonios para ir tejiendo la narrativa común de los sueños y las luchas, de la dignidad humana ante la barbarie de la guerra. Logramos acercar a los jóvenes a una lectura del pasado para entender su presente y transformar su futuro. A través de prácticas artísticas y proyectos culturales buscamos dejar huellas en las comunidades para que los jóvenes se apropien de sus territorios y se reconozcan como parte de la comunidad que habitan y aporten desde sus posibilidades en la construcción de un proyecto de vida que les beneficie a todos.

La guerra y los actores armados han dejado los territorios llenos de víctimas inocentes, el reclutamiento forzado de menores, la vinculación a grupos criminales y el servicio militar obligatorio son fenómenos que vulneran los derechos de los jóvenes, sus vidas son afectadas por la falta de oportunidades para formarse y para trabajar, para acceder al sistema de salud. La integralidad de los derechos de los jóvenes es una lucha que se sigue dando en Colombia. En esa situación nos reunimos los Hijos y las Hijas para expresarle a la sociedad colombiana y a la Internacional, que no es que no existan salidas al conflicto armado, social y político que se expresa a través de la represión y la exclusión sistemática y aunque es difícil opinar diferente a lo establecido y seguramente el precio que hay que pagar por ello es la vida misma, la tarea que asumimos es forjar apuestas que conlleven la esperanza.

Hace 3 años salí de Colombia por un periodo corto y ya llevo más de mil y una noches fuera de la frontera que me da la "nacionalidad". En estos años he trazado una ruta, he convocado a personas a interesarse por lo que sucede en Colombia y en Latinoamerica, informando sobre violaciones a los derechos humanos y difundiendo tanto como me ha sido humanamente posible, la realidad de las desapariciones forzadas, la lucha de sus familiares por Justicia y Verdad. Describiendo los aportes y apuestas que han hecho las organizaciones de desaparecidos a la mesa de diálogos del proceso de paz entre la guerrilla de las Farc y el gobierno Colombiano, para el esclarecimiento de los hechos victimizantes en el marco de la guerra. En definitiva participando activamente por la apuesta civil por la paz con justicia social.

He compartido en docenas de espacios solidarios y académicos, en espacios literarios a través de recitales de poesía y lecturas performáticas, en espacios culturales con la exposición fotográfica Caminando Sueños de Justicia mi experiencia humana. Como diría el escritor y periodista argentino Rodolfo Walsh: "he sido fiel al compromiso de dar testimonio en tiempos difíciles".

Así llegué a Italia al encuentro de Juan Camilo y los jóvenes de Libera, a seguir practicando el sueño: Nuestro Mundo es posible y solidario.

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